Cuando el río suena, piedras lleva.


La terquedad del ser humano es tan grande, que cuando más el universo se encarga de enviarle señales, más se empeña en no verlas o dejarlas pasar. Lo irónico de esto, es que cuando se encuentra en incertidumbre o desconcierto, pide al cielo por indicaciones que le permitan saber qué hacer y cómo actuar, pero cuando llegan, duda de ellas.

Enseguida piensa que tal vez lo que llegó no era una pista, sino un acontecimiento que debía suceder y se niega a creer que eso era una señal, o lo que ve, no es tan directo que concluye que no era para usted, sino que estaba ahí flotante en el firmamento. Las señales, nunca son directas, no hay algo que diga este mensaje va para tal persona con firma y sello; son manifestaciones cósmicas, que circulan en el universo y coinciden con su tiempo y espacio cuando son llamadas.  Aunque tienen voz, no siempre tienen un hablante visible o tangible, necesitan de su interpretación para ser concebidas y a partir de allí generar un razonamiento.

La forma de hacerlo es por medio de la intuición, la conexión que hay entre lo que usted siente y lo que ve, como un match entre su voz interior y el mensaje que percibe. La capacidad instintiva del ser es maravillosamente mágica, tiene un poder inefable que supera toda explicación científica; simplemente reside en el interior de cada individuo como una herramienta de supervivencia, una voz dada por naturaleza, que avisa por medio de sentidos, cuando algo no marcha bien, su deber, es seguirla.

Tenga presente que el ruido tiene la habilidad de advertir lo que se avecina con mayor fuerza, por esta razón, si oye pequeños flujos de agua, escuche su voz interior y déjese guiar por la intuición, no se quede pasmado sin reaccionar, no sea que le sorprenda una cascada de la cual no pueda huir y termine sumergido en el torrente de sus aguas.


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